Tambores lejanos. La transmisión de la Información es algo no tan fácil de transmitir

African Drummers Rwanda c1935

Con este post comenzamos un camino común  Artemia Comunicación y Compartegms. Una gran responsabilidad, más aún sabiendo por experiencia propia lo complicado que puede llegar a ser encontrar contenidos realmente originales en este mundo donde la comunicación lo es todo. Entornos como twitter requieren una capacidad de síntesis que no todos poseen, a lo que se unen unas reglas de protocolo y  sintaxis que hacen del microblogging el campo real de batalla donde hoy día luchan los comunicadores para conseguir unir a la máxima calidad, alcance e impacto de la información, una alta eficacia en aquello en lo que D. Miguel Delibes era un maestro: La economía del lenguaje.

Algo que sorprendió a los viajeros europeos más avisados de los siglos XVIII y XIX fue la eficaz forma de comunicación con la que las comunidades del África Subsahariana se comunicaban entre si. Exploradores como Francis Moore o Willian Allen, o misioneros como Roger Clark comprobaron sorprendidos como los tambores, del más diverso tipo, generaban manantiales de oratoria. No eran sólo mensajes cortos equivalentes a las campanadas de nuestras iglesias, sino que en su variedad incluían mensajes complejos con distintas formulaciones dependiendo de los distintos individuos que tocaban los tambores. No todo era significado, también representaban diferentes tonos de carácter tradicional y sumamente poéticos.

Pero la transmisiónde mensajes por tierra en el mundo antiguo sufría un problema. Julio César mismo lo sufrió llegando a los sitios antes que los mensajes que anunciaban su venida.  Los tambores africanos y las cadenas de hogueras que avisaron a Clitemnestra de la caida de Troya, las señales de humo y los destellos en espejos  permanecieron hasta 1841 como ejemplos de la transmisión de información a grandes distancias en cortos espacios de tiempo.

A mediados del siglo XIX con el acercamiento científico al magnetismo Samuel Morse se esforzaba en encontrar un código con una sintaxis lo suficientemente eficaz. Tenía la tecnología que le permitiría hacerlo pero no daba con un código lo suficientemente funcional. Intentó un diccionario donde cada palabra tenía un equivalente numérico, pero el sistema se reveló tan complejo de utilizar en el mundo real que se abandonó.

Morse trabajando con su protegido Alfred Vail encontraron la solución en su famoso código. Las primeras dudas relativas al aprendizaje orgánico de los futuros telegrafistas se diluyeron cuando observaron que los empleados utilizaban eltelegrafo con tal pericia que no tenían siquiera la necesidad de consultar la copía impresa para saber cúal era el mensaje que estaban recibiendo. Podían cerrar los ojos, escuchar el pequeño repiqueteo y explicar inmediatamente lo que quería decir.

Pero el pragmatismo del código de Morse parecía que no se podía adjudicar al lenguaje de los tambores. Pero es obvio que dada la riqueza del lenguaje de los tambores, de alguna manera habían solucionado el problema del código. El problema fue resuelto conjuntamente por generaciones de tañedores a lo largo de una evolución secular común, de tal manera que Robert Sutherland comunicaba a la Royal Society que «un hombre que habitaba en un exteremo de África se enteró de la muerte de un niño europeo sucedida en un extremo opuesto del continente  a través de los tambores que de alguna manera utilizaban lo que llamaríamos el Principio de Morse«.

No era así, la casi totalidad de las seis mil lenguas que se hablan en África carecen de alfabeto, por tanto no podían seguir una estructura como la que exigía el código Morse. John F. Carrington acabó dándose cuenta que los tambores no sólo transmitían anuncios y avisos, sino que hablaban en una lengua especial adaptada, en la cual el significado viene determinado por los tonos. Los europeos cuando intentaban traducir al alfabeto latino los mensajes de los tambores pasaban por alto el tono, era como ver en blanco y negro un mundo de infinitos colores. Carrington recordaba «He debido de ser culpable muchas veces de decir a un niño que -zurrara un libro- o cosas por el estilo». Simplemente los europeos no tenían oído para percibir las sutiles diferencias tonales. Un ejemplo valga para ilustrarlo:

* (la diferente altura de los trazos representan los tonos altos y bajos)

alambaka boili [-_–___] =Comtemplaba la orilla del río

alambaka boili [—-_-_]  =Coció a su suegra

Pero había un problema. Al trasponer el lenguaje hablado al lenguaje de los tambores la información se perdía, aún peor, el lenguaje de los tambores se despojó de vocales y consonantes, permaneciendo una información plagada de ambigüedades. La palabra Kele para designar al padre «songo» podía corresponder a «songe», la luna. ¿Cómo se podían distinguir unas palabras de otras? Hallaron la respuesta en la intensidad y la cadencia a las que añadían con cada palabra una pequeña frase; volviendo al ejemplo anterior «songe»-luna- se expresaba como «soge li sage la manga»- la Luna mira la tierra, que uniéndose a redobles extra adquiría el contexto necesario. Lo llamamos «Redundancia», está claro que ni en Kele ni en español, ni en inglés existe una palabra que designe por ejemplo «asignar funciones extra para la desambiguación y la correcciónde errores» no quiero ni imaginarme el «palabro». Así también nos comunicamos enotros idiomas cuando no los controlamos perfectamente. Si no sé decir «bailarín», diré «hombre que baila». Un lenguaje de este tipo crea neologismos, palabras nuevas, de forma natural enriqueciendo el pensamiento de manera notable.

Así la economía del lenguaje la observamos en una especie de antiortografía como la que vemos en el lenguaje que en muchas ocasiones se utiliza en mensajes SMS,  mensajería instantánea e  incluso entornos de microblogging como Twitter. Esos redobles extra que en el lenguaje de los tambores añadían el contexto en entornos actuales son sustituidos por emoticones o agrupaciones antiortográficas

«if u cn rd ths u can gt a gd jb»

«If you can read this, you can get a good job»

La pugna es entre el lenguaje convencional de los respectivos idiomas, aplicando una capacidad de síntesis, que en muchos casos sólo está al aalcance de los profesionales del lenguaje, y por otro lado un contrincante difícil y muy poco convencional como el lenguaje que cada vez con más frecuencia nuestros jóvenes usan para optimizar significado frente a significante.

Al final, sea cual sea el resultado, la habilidad para expresar un mensaje rico en significado en un corto espacio será la que gane en los nuevos entornos de comunicación.

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